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VIRGENES

Textos de Ricardo Dubin / El Suelo

cultura

EN TORNO A LA ESTAMPITA DE SAN JORGE.

LA ESTAMPA.



San Jorge lanceando al dragón. El motivo protagónico

encierra una suerte de orden cuaternario, que a primera

vista se resuelve en el santo montado y el dragón vencido.

Pero ni bien detenemos en ellos la mirada y la reflexión,

abstrayéndolos del marco de la cueva y el castillo como

dos polos que guiarán el estudio, podemos descubrir que

ese inicial yin-yang entre lo humano y lo bestial es en

realidad una suerte de escalera que redimensiona el

combate, y que asciende desde el dragón, pasando por el

caballo, como animal domesticado, y el caballero, como

hombre domesticado por la civilización, hasta la lanza:

tecnología bélica, útil propio de la misma civilización,

hundida en la garganta del dragón.



EL DRAGON.



El dragón no es un animal, sino aquello de las fuerzas

inciertas de la naturaleza transformadas por la

imaginación metafórica de la cultura, y por ende un

símbolo cargado de significaciones. Por ello se

corresponde más con el mundo construido para hogar humano

que con la naturaleza, aunque remita a los lugares que en

la casa adquieren un carácter de peligro por no estar

sometidos a la voluntad del anfitrión.



Mamífero alado, se parece al centauro y a la esfinge,

mitad volcado hacia los cielos y la razón, mitad bestial,

y con el poder calcinante de la palabra. Si recurrimos a

los mitos aymara de la civilización, veremos cómo los

hombres antiguos podían modificar el mundo por medio de la

palabra, idea que también se manifiesta en la antroposofía

de Rudolf Steiner, y que en un sentido degradado se

sostiene hoy día cuando se dice que en los tiempos de los

abuelos la palabra tenía valor.



Pero a la vez representa los deseos elementales que el

hombre civilizado exilia hacia la barbarie, incluso hacia

la naturaleza animal, y hacia esa otra frontera de la

civilización que es la parte del yo deseante, que el

catolicismo relaciona con el cuerpo y el pecado. Vive en

una cueva, por ende: es primitivo, y cuenta su historia

que deseó a una princesa, cúspide de pureza del

ordenamiento social, por lo que el caballero debió

abatirlo.



Perteneciente a un cuento del cristianismo en expansión

evangelizante, no debemos dejar de pensar que se trata de

una deidad pagana, demonizada por la nueva religión, a la

que un santo debe vencer, lo que lo emparenta con el moro

vencido por Santiago, aquí en una lucha teogónica entre

dioses, allá en una humana, pero en la que al fin también

se confronta con el otro.



EL CABALLO.



Si el dragón es un animal imaginario (en el horóscopo

chino es el único no real), el caballo es un animal que no

ha domesticado la metáfora sino el esfuerzo y el ingenio.

Es también parte de la naturaleza asimilada al mundo

civilizado. Si el dragón es el diablo (dios de la cultura

ajena) expulsado hacia las fronteras entre lo bárbaro y lo

civilizado, el caballo es parte de la naturaleza utilizada

por el hombre en su lucha por expulsar lo bárbaro hacia la

frontera.



Picasso lo vio así cuando el dragón es el toro de las

corridas, y en el Guernica es una víctima sufriente del

combate. Si el dragón es el deseo que sufre la represión

de la civilización para transformarlo en pecado, el

caballo también lo sufre no como deseo a reprimir sino ya

domesticado (no es el salvaje que se cazará, que lucha por

no ser esclavo aunque al fin caiga, sino el esclavo

maniatado y obligado al trabajo servil). Por ello ver

correr caballos en libertad nos devuelve una alegría

primitiva. El potro posee un sexo emblemático, en tanto

que el caballo es el potro castrado.



EL CABALLERO.



Sobre ellos, el hombre. No el macho desnudo, como lo

estaría en el tálamo de la princesa, sino cubierto por la

armadura. Sólo se ve su cara, la mirada fija en la derrota

del dragón. El caballero ordena el mundo, impone policía,

resuelve entuertos. Sólo en su decadencia pudo dar el tipo

alucinado del Quijote. Es el hombre dividido entre el bien

y el mal, en tanto que bien venciendo al mal. Valores que,

pese a su relativismo cultural, en su tiempo y lugar

poseen un carácter absoluto.



Su carácter mítico le permitió a San Jorge sobrevivir

junto a personajes históricos en el santoral católico

porque representa la escala de valores triunfante con la

expansión del cristianismo. En la puerta del muro al que

se asoma la princesa, no figura la torre ni el puente sino

la iglesia en tanto que símbolo edilicio, no ya de una

comunidad de santos sino del rebaño protegido, burgo

amurallado. La iglesia no es aquí conversora de almas

(cosa que estaría haciendo el héroe y sólo en el sentido

de imposición, no de descubrimiento), sino como ordenador

social. Si la iglesia es representada por San Jorge, lo

hace como represora, no como liberadora, y la iglesia como

edificio es el muro del orden instaurado por el héroe.



LA LANZA.



La lanza es otra herramienta de civilización, como el

arado y el caballo. Pretende domesticar al hombre cuando

el arado quiere hacerlo con la tierra. Eso en tanto que

útil, pero en tanto que materia es la domesticación de la

piedra, el metal hecho útil. La lanza es cultura en tanto

que manufactura, tecnología transformadora de la tierra.

Si el dragón es metáfora de lo riesgoso, el caballo lo es

de su domesticación, el caballero del yo

domesticado/domesticador, la lanza es la fuerza humana que

se cree victoriosa sobre la materia. Pudo haber servido

para cazar (y en el fondo se reduce a lo mismo), pero es

alzada para decidir quien será el amo y quien se resignará

a ser esclavo. Es el sentido último, originario, el

significado de la guerra. Tanto en una guerra de opresión

como de liberación, lo que está en juego es quien manda y

quien obedece, la dialéctica primera de la civilización.



LA TIERRA Y EL CIELO.



Pero no se ha podido negar la existencia del cielo y del

suelo verde, que no son símbolos sino una incertidumbre

latente. La capa roja flamea al viento no como un

estandarte de victoria sino de combate, pero el suelo y el

cielo están más allá de lo explorado, mantienen su

mutismo, la cerrazón de la tierra, su alejamiento en tanto

que no dialogan ni luchan con el mundo. Si tiembla el

suelo o brama el cielo, serán dragón o demonio en la

hecatombe, y dios en su bondad vivificante: lluvia que

encarna en el suelo fértil.



El bosque nace junto a la iglesia. Como el suelo y el

cielo, se encierra en un mutismo originario. No hay ni

bien ni mal, pero sí una brisa de sugerencia que queda

como remanente de diálogos anteriores entre el mundo

(cultura) y la tierra (naturaleza), plasmados en

experiencias personales y colectivas en el bosque, y el

reflejo de nuestro estado de ánimo, todo lo cual le da un

plus de carácter onírico. En base a ello, el rumor del

bosque podrá remitir a la posibilidad de lo siniestro

(fieras, perderse por senderos laberínticos, incluso la

aparición de personajes hominizados de la frontera entre

la imaginación y la tierra, que en la cultura aflora en

cuentos como Caperucita Roja), o en promesas de serenidad:

el paso lento de un filósofo, con su pipa encendida,

buscando en sus reflexiones o perdido en el camino de sus

intuiciones, lejos de la política y del trajinar urbanos;

una cabaña de madera con el hogar encendido y la taza de

té caliente (pero que también puede tener una olla en la

que se cuecen niños). El aquelarre o el tronco en el que

juega una ardilla, el toc toc del pájaro carpintero

agarrado a un árbol o un rugido entre las ramas.



El hombre puede negar esas posibilidades, enmascararlas,

pero no suprimir la posibilidad del diálogo que surge en

cuanto la naturaleza actúa en forma intempestiva,

rompiendo la monotonía armónica. Sabemos que la naturaleza

está ahí, callada, pero tiene la posibilidad de atacarnos.

Y en ese momento podemos tornar la zozobra-temor en un

dragón invencible, en el pesar del caballo maniatado o en

su poder, al que se aferra el caballero. Porque la

naturaleza no sólo está en torno nuestro, sino en nuestra

carne. Siempre estará allí, como un ello sugerente en el

mundo, para entrar sin previo aviso en la circunstancia

humana y ser metaforizado (transformado buberianamente de

ello en tu), con lo que pasará a ser parte de la imagen

protagónica. Puede abandonar el fondo hacia la forma.



CABEZA ABAJO.



Una visión pagana lo mostrará como armonía yin-yang (que

no excluye el combate ni lo deja como única posibilidad de

comunicación), un encuentro en que el dragón es a la vez

la princesa virginal violada o seducida, o como la verdad

en tanto que poder del guerrero vencedor. Pero en ese caso

lo mismo da volver la estampa cabeza abajo y ver como la

fragua del dragón derrite el hierro de la lanza, y el

caballero y su corcel caen al abismo como Angel derrotado.

Caen sin caer, porque el bien y el mal regresan a su

unidad originaria, son un combate que no pretende

dividirse, que es a la vez un encuentro: la vida.

LA ORACION – EL REVERSO.



Podría suponerse que en la contracara de la estampa el

dragón abandona su metáfora para volver a ser temporal,

terremoto. Caballo y caballero se funden en el hombre pre-

adánico (incluso en el redimido, que tanto se le parece

como en Marx el comunismo primitivo al civilizado), y el

metal del útil regresa a la veta o a la ofrenda (el valor

simbólico, no mercantil, o la naturaleza). Eso estaría por

detrás del mundo, en el seno de la tierra o en la

superficie de la cultura. La princesa es la atracción

virginal, la cueva es el refugio y el muro la necesidad de

construir un hogar.



Pero para eso deberíamos olvidar que se trata de un

símbolo religioso, la mercadería que un minusválido

entregó a cambio de una moneda. Lo que aparece entonces es

una oración:



“Andaré noche y día con el cuerpo cercado y circulado con

las armas de San Jorge.” Esta es la protección que el

pordiosero nos brinda a cambio de la limosna, donde el

oficiante no es el poderoso de la comunidad sino el

imposibilitado para cualquier otro trabajo. Hay una

reminiscencia al distinto como comunicador con el

absoluto, que tal vez se haya dado en las comunidades

primitivas, pero que sólo tiene que ver, en tanto que

imagen, con los márgenes de la sociedad capitalista,

apariencia de la otredad, extrañeza. En ambos casos puede

haber surgido por su necesidad de ganarse la vida sin las

mismas posibilidades que los demás, pero varía en su

esencia en tanto que en la actualidad juega la

misericordia ante el desprotegido más que el poder que

ejerce o brinda el hechicero.



Si bien el sacerdote, administrador de la cosa religiosa

en la sociedad (así como otros administran la justicia,

las rentas, etc.), pertenece a la iglesia (= poder), quien

ofició en este caso la protección fue un sordo-mudo que en

el ómnibus jugó con mi sensibilidad antes que con mi

necesidad. Puedo comprarle una estampita de Cayetano

porque necesito trabajo, pero sobre todo porque quien me

la vende me da lástima. En otro caso recurro al brujo para

obtener un bien, en este es su necesidad la que le da

valor a la mercancía que me ofrece. Y su oración no nos da

la fortaleza con que San Jorge vence al dragón, sino un

cerco para el cuerpo: estar escondidos, regresar tras el

muro que protege el burgo, o la extensión del muro que

representa la armadura. No es el dios que da poder a

Josué, sino el que esconde a David de sus persecutores.



¿Cuales son esas armas? La fe. Con fe en dios los

problemas florecen en soluciones y harán “que no me vea

preso ni mi sangre derramada”. Son los posibles destinos

del combate: si muero o me esclavizan será porque he

peleado. Preso o muerto será la posibilidad de mi lucha.

Incluso, en la mística moderna, tras dos milenios de

cristianismo, el martirio funciona como argumento de

verdad, mis víctimas me justifican.



“Andaré libre como anduvo Nuestro Señor Jesucristo nueve

meses en el vientre de la Virgen María.” De regreso al

útero, la fortaleza más segura. No andaré, como el profeta

Jesús, en el peligro de ese mundo que mira y no ve, oye y

no escucha, y cuando se le anuncia su infamia actúa con la

violencia de la multitud, protegido por los muchos, sin

heroicidad. No correré el riesgo de ser crucificado, sino

que regresaré a los brazos protectores de mi madre, sin

voluntad, como un niño o un esclavo (o lo que es lo mismo:

salvado de la lucha por la crucifixión, por el argumento

definitivo de la víctima.)



Si ese útero protector es la muerte, si la Virgen es la

Pachamama donde al fin descansaremos, la oración es

doblemente cobarde: húndeme en el silencio de la tumba,

donde no hay peligros. Siempre habla la voz del

pordiosero, no la del sacerdote como el más lúcido y

fuerte de la comunidad.



¿Donde ha quedado San Jorge como guerrero que sale a

correr el riesgo de enfrentarse con el dragón para salvar

la virginidad de la princesa, cuyo goce será al fin el

pago como Ariadna lo fue para Teseo? Ha quedado en el mito

pagano sobre el que se construyó el del santoral. Alguna

vez la santidad de Jorge fue su heroicidad. Eso debió

ocurrir antes de la evangelización, y aún en los tiempos

en que el cristianismo medioeval no había caído en las

redes cansadas de la teología racional. Cuando el relato

era teogónico (la gesta de los dioses) y no teológico (el

razonamiento sobre sus características).



En ese tono habla el Génesis, por debajo de la intromisión

mosaica, cuando la libertad era el trofeo del vencedor y

no el ruego del temeroso. Entonces, Jorge cabalgando en la

llanura, y si había que combatir con el dragón para poseer

o proteger a la princesa, no dudaba en correr el riesgo de

verse preso o derramar su sangre. Incluso puede suponerse

que el dragón no fuera el que la pretendía sino aquel que

puso el rey para que la custodiara de posibles bárbaros

como el caballero Jorge, esto es: la imagen cabeza abajo,

Jorge como el ángel que lucha por no caer y el dragón como

intento de vivir a salvo, porque para esos caballeros la

verdad era la certeza de su lanza.



La estampa hiede a pasado pagano. Así como la iglesia

eligió el símbolo de Cristo clavado en la cruz,

inmovilizado, porque al fin iba a ser Roma, del mismo modo

el héroe se convierte en civilizador, el bárbaro en

caballero, y hoy la imagen central de la estampita nos

remite al dragón derrotado (el ídolo pagano demonizado, el

símbolo de comunicación con la naturaleza hecho cosa,

muerto, objeto idolatrado, idolatría), y el caballero

significando su represión, la civilización triunfante.

Pero hiede a barbarie, porque el dragón deseante no sólo

está tras la frontera de las ciudades, fuera del burgo

protegido por la muralla, sino en el interior de cada uno

de nosotros.



Hay que tener en cuenta, y ahí radica el poder

significante de la estampita, que la imagen no representa

la derrota del dragón, sino la lucha, el momento del

combate, siempre actual y vivo. Cuando el catolicismo

convirtió a las deidades paganas en demonios, no lo hizo

negándolas. Les ha dado un lugar en el mundo (incluso ha

dicho que es el mundo), el demonio es una presencia real,

no una memoria del pasado muerto. En el mundo

evangelizado, el demonio sigue oculto, andando por las

calles oscuras del burgo, latente en el alma del hombre

que busca su redención, ocupando el lugar nefasto del

panteón oficial.



Cada uno de nosotros lleva su Facundo en el alma, quien

murmura y reniega por debajo de la escolaridad y el temor

a la policía. Siempre hay riesgo de que el hombre de traje

dispare su escopeta desde la ventana de su oficina.

Siempre el buen hombre, para horror de la buena gente,

puede abusar de una niña. Lo vemos a diario en los

noticieros. El esclavo servil puede estallar en hordas que

arrojen chivos expiatorios a las hogueras de la violencia.

Así también, un mundo digno que empezó siendo soñado como

la socialización de los bienes alcanzados por la

civilización, terminó buscando sus posibilidades en los

estallidos de la barbarie.



Son las puertas de la historia (que atraviesan con su

relato la religión como búsqueda del diálogo con los

dioses, como que religión es la Biblia, historia del

pueblo de Israel, o los Evangelios, relato de la vida del

Cristo) que están abiertas a ese bosque que ya no está

tras las murallas de la ciudad sino en el interior de la

gente, esa naturaleza bifronte que nos da miedo porque

puede mirarnos con su rostro pérfido e, indistintamente,

con su cara santa, y atacarnos desde esta o ayudarnos

desde aquella, como dios o como demonio, y que en todo

caso nos condena a vivir la incertidumbre de la

naturaleza, cuando nos creímos en las puertas de la

civilización que la negaba. El hombre como regreso al

centauro, con sexo de bestia y torso humano; a la esfinge,

con la fuerza del león y la inteligencia del sabio; al

dragón, que arrastra su vientre en el polvo pero puede

volar hasta los cielos.

LA HISTORIA.



“Si de San Jorge tuviéramos sólos los Hechos del martirio

y más exactamente su Pasión (ya considerada apócrifa por

el Decreto Gelasiano del siglo VI), podríamos hasta dudar

de su existencia histórica. Pero no se puede acabar así

como así con una tradición tan universal...”, dice el

santoral de Mario Sgarbossa y Luis Giovannino, Ediciones

Paulinas. Esto es: un hecho que ha tenido tan largas

consecuencias, y que ha enraizado tan profundamente en la

civilización, no puede ser negado aunque debamos poner en

duda su sustento histórico. “Este culto extraordinario

tiene orígenes muy antiguos, pues su sepulcro en Lidia

(Palestina) en donde el mártir fue decapitado a comienzos

del siglo IV, era meta de peregrinos desde épocas de las

cruzadas, cuando el sultán Saladino hizo derribar la

iglesia construida en su honor. La imagen, conocida por

todos, del valiente caballero que lucha contra el dragón,

tiene sus orígenes en la leyenda que se creó alrededor de

este mártir y que de distintos modos narran muchas

pasiones. Esta leyenda narra que un horrible dragón salía

de vez en cuando del fondo de un lago y se acercaba a la

ciudad causando la muerte a muchos sólo con su pestilente

olor. Entonces para tener alejado al dragón los habitantes

del lugar le ofrecían jóvenes víctimas que sacaban por

suerte. Un día le tocó a la hija del rey. El monarca, no

pudiendo impedir la trágica suerte de su tierna hijita, la

acompañó llorando hasta las orillas del lago. La princesa

parecía irremediablemente perdida, cuando en ese momento

se adelantó un valiente caballero que había llegado de

Capadocia. Era precisamente Jorge. El heroico guerrero

sacó su espada y obligó al terrible monstruo a seguirlo

como un corderito; en efecto, así lo llevó la jovencita

hasta las puertas de la ciudad, amarrado con un

cordoncito; aunque ya era inofensivo, la gente se encerró

en sus casas llena de terror. Entonces Jorge gritó en la

plaza diciendo que él había ido en nombre de Cristo para

que se convirtiera y se bautizara.”



Hay divergencias con la estampita. En todo caso, se

recuerda el combate en vez de la escena de la princesa

llevando al dócil dragón, atado con un cordel, para ser

bautizado. Difiere entonces del Cristo crucificado, y más

nos recuerda a Jesús andando por la vida. Pero sobre todo,

cambia la cueva por un lago.



Una carta del tarot (18, la Luna), puede darnos claves de

su significado. Dice El Tarot de los Bohemios (Papus, ed.

Kier): “Acabamos de recorrer los escalones que el espíritu

desciende en su caída en la materia. Estamos ya en el fin:

el espíritu se halla totalmente materializado. Un campo

débilmente iluminado por la luna. La luz, símbolo del

alma, se proyecta ahora indirectamente, lo que nos enseña

que el mundo material se halla iluminado por reflejo. El

campo se halla limitado por dos torres, que sirven de

mojones. De la luna se desprenden gotas de sangre. El

mundo material es la meta final hacia la cual tiende el

espíritu. Nada puede descender de más allá, es lo que

indican las torres. Las gotas de sangre representan el

descenso del espíritu en la materia. Un sendero rociado

por gotas de sangre se pierde en el horizonte. En el

trayecto un perro y un lobo aúllan a la luna. Un cangrejo

sale del agua y trepa entre los dos animales. La

introducción del espíritu en la materia representa una

caída tan considerable que todo conspira para aumentarla.

Los espíritus serviles (perros), las larvas feroces

(lobos) y los elementos rampantes (cangrejos) vigilan la

caída del alma para ensayar de oprimirla todavía más. 1º

Final de la materialización divina. Punto final de la

involución: el caos. 2º Final de la materialización

adámica: el cuerpo material y sus pasiones. 3º Final de la

materialización física: la materia.”



Pero el cangrejo es alado, no ya el espíritu que se

materializa sino la carne que se espiritualiza. Es el

comienzo de la religión, que al fin, de regreso del mundo

metafísico, se vuelve contra la materia en dogmas morales.

La luna llorando sobre el cangrejo, que está en el fondo

del lago, tiene que ver con una idea creacionista que

desciende desde el puro espíritu hacia la cosa, en tanto

que la teogonía pagana encarna la metáfora de los dioses

en el poder originario de la naturaleza. Tal es la

diferencia de la teogonía pagana con la teología católica,

y ambas encuentran en el lago su símbolo hogareño. Más

allá de las evidencias científicas, también en el mito de

Darwin el origen de la vida está en el agua (como para

Tales de Mileto). Y tal es el combate que se representa:

el del ser alado que surge de la tierra, que se arrastra,

que vive en la cueva o en el lago, con quien viene en

nombre de Cristo para llevarlo dócil por las calles de la

civilización. Y si no tuviera el carácter combativo de un

cristianismo que dejó de esconderse en las catacumbas,

podría verse en ello la escalera ascencional de que

hablábamos al comienzo: el camino que va desde las fuerzas

de la naturaleza hacia la civilización.



El caballero entrega el esclavo al ser virginal, es ella

quien lo lleva por las calles. Vayamos más atrás: el poder

del rey es vano ante las necesidades de la naturaleza y

debe recurrir a la inesperada aparición del caballero para

cambiar sus llantos en victoria. En ello pudo verse la

inferioridad del poder terrenal por debajo del sagrado,

aunque hoy nos pareciera más prolijo haberlo representado

en una imagen franciscana: el santo venciendo a la bestia

con la fuerza del amor. Pero ese futuro cristianismo de

amor no debe proyectarse sobre todas sus manifestaciones

históricas. San Francisco Solano anda por América después

del paso de Pisarro. El caballero le hace notar al dragón

y al rey su impotencia material para luego entregarlo en

manos de la princesa.



El santoral agrega otra parte de la vida de San Jorge que

parece pegada encima de la anterior, no corresponderle.

Sin embargo la enmarca en la historia: “Condenado a muerte

por haber renegado de los dioses del imperio, los verdugos

le aplicaron los más atroces tormentos, pero parecía que

fuera de hierro. Ante su heroica valentía y su fe, se

convirtió hasta la esposa del emperador. Esto endureció

más el emperador, y muchos cristianos fueron martirizados.

Por último fue decapitado San Jorge.”



No se hasta que punto este final tiene relación con la

estampita. Cuando uno la mira, ya como símbolo religioso,

no percibe estos elementos de su pasión. Cuando uno mira

el Guernica de Picasso, puede ver el dolor del caballo

cuyo cuello le eleva la boca, en dolor, hacia los cielos,

y saca su lengua en un grito o una exhalación. Eso lo

vemos, y por eso simboliza algo, remite a un significado.

Pero San Jorge está en el combate y en el paso previo a su

victoria, no en las torturas, la conversión de la

emperatriz ni la decapitación.



Podemos preguntarnos qué mal hizo para merecer tal

castigo. La primera respuesta es que subvertía el orden

natural, como cristiano, negando el sustento ideológico

del imperio. Sin su trascendencia hacia lo divino, el

estado es un mero acto humano. Aún la republicanización

del estado, el supuesto del poder soberano del pueblo, o

de la clase obrera, remiten la forma de gobierno a un

supuesto metafísico, un saber que aún está por demostrar y

que partió del ingenio de algunos filósofos.



San Jorge representa a Cristo, que aún no ha sido adoptado

como religión oficial. Esto sólo bastaría para merecer su

condena, como la del Che Guevara que negó los supuestos

ideológicos de la democracia liberal. Y eso si que figura

en la estampita, porque su combate con el dragón presume

la idea de que dos mundos se encuentran en una frontera,

que uno debe prevalecer por sobre el otro. Jorge vence al

dragón, pero su lucha sigue y al final su sangre será

derramada, y su prisión podrá esclavizarlo. Caerá

prisionero y al fin muerto, más allá de las armaduras que

debieran haberlo protegido. Pero ya hay legión de santos

mártires, y para este caso se tomó la imagen del combate

para ser símbolo de la fe. Tal vez porque esa era una

necesidad, como la que llevó al Santiago guerrero a los

altares, o tal vez porque la segunda parte fue un intento

de cristianizar un mito pagano.



Lo que nos delata el final de la historia, que no figura

en la estampita, es la posibilidad de derrota de San

Jorge, una derrota que el cristianismo triunfante volcó en

victoria, porque los mártires al fin se sientan a la

diestra del Señor. La tierra volvió a atacar a la

civilización, en manos del emperador, pero la civilización

cristiana logró convertir a su vez esa derrota en una

victoria. San Jorge campea al fin triunfal, con su lanza y

su capa roja flameando en el combate, a pesar de que el

poder lo tuvo preso y lo decapitó. El cristianismo, cuya

misma esencia es similar, inaugura toda una era en la que

la historia se da vuelta acogotada por el pensamiento: la

inquisición y la conquista de América son frutos del amor,

las víctimas del poder son las vencedoras, los pobres

heredarán el reino de los cielos.



Allí yace San Jorge, en una iglesia que destruirá

Saladino. Ese es el sepulcro del caballero que osó

enfrentarse con el dragón, al que el mismo rey temía y por

cuya presencia se construyeron los muros que rodean la

ciudad. El hombre puede vivir tranquilo, porque hay quien

vista la armadura para enfrentar en su nombre los peligros

de la vida, y hay una religión que al fin nos susurra,

como una madre, que aún las más dolorosas derrotas son

triunfos, aunque la razón y los sentidos demuestren lo

contrario.



En Tres Cruces,

noche de San Juan 2005.

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